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Educar sin gritos Niño

Educar sin gritos

Alzar la voz es algo que nos ha pasado a todos. ¿Por qué recurrimos a los gritos? Fundamentalmente porque es un modo rápido y sencillo, con efecto inmediato, pero debemos ser conscientes de que tiene consecuencias para los niños.

Quien más y quien menos ha gritado a sus hijos alguna vez. Después de decirles veinte veces la misma cosa, recibir una mala contestación o tras ver una pelea entre hermanos es habitual haber llegado a tal estado de frustración que hemos terminado por zanjar la situación con malas formas e incluso con gritos.

Somos imperfectos, nos dejamos llevar por las emociones, pero eso no significa que no debamos hacer nada por cambiar. Y es que aprender a manejar estas situaciones tiene enormes beneficios, tanto para los padres como para los hijos, y como no para la buena comunicación de la familia en general.

Y es que gritar es el camino corto, el atajo fácil para zanjar una situación que nos altera o nos frustra, pero también tiene bastantes inconvenientes para los niños por varios motivos. Laura Monge, doctora en Farmacia y madre de 5 niños, es la fundadora del proyecto Mis Trucos para Educar, un lugar para inspirar a padres y madres en su labor educativa, y autora del libro Educar sin gritos, un manual que ofrece soluciones muy realistas para crear un puente entre la teoría y la práctica.

 

Razones por las que merece la pena cambiar

Desde el punto de vista de la psicología y la pedagogía, Laura Monge explica que existen tres efectos que los gritos producen en tus hijos.

  1. Los gritos ensordecen a los niños. El grito consigue alertar al niño, pero también le pone en “modo de defensa”, es decir, en ese momento no está receptivo, por lo que no puede aprender, reflexionar o pensar en las consecuencias para mejorar.
  2. Los gritos enseñan a gritar. Los padres somos modelos de autocontrol, de manera que, si nos acostumbramos a gritar, ellos también acabarán gritando. Para evitarlo es importante que aprendamos a gestionar la rabia y la ira.
  3. Los gritos nos distancian de nuestros hijos. Cuando gritamos estamos faltando al respeto, perdemos autoridad y dejamos paso al miedo. Esto hace que perdamos confianza, tan importante en la comunicación con nuestros hijos.

 

Los gritos y su efecto inmediato

Nadie se siente bien consigo mismo después de levantar la voz. Entonces, ¿por qué gritamos a nuestros hijos? “Probablemente porque en ese momento somos incapaces de encontrar otro recurso mejor. La carga laboral y familiar que soportan muchos padres y madres, una agenda llena de actividades para los niños, el poco tiempo que disponemos para hacer las cosas… nos llevan a situaciones límite que nos cuesta dominar. Cuando gritamos, intentamos tomar un atajo que muchas veces soluciona el problema del momento, pero que impide la posibilidad de aprovechar el conflicto para seguir creciendo como personas individuales y como familia”, asegura Laura Monge.

Los gritos tienen un efecto inmediato en la conducta y en el comportamiento de los niños, pero es puntual. A la larga no solucionan ningún problema de fondo. En muchos casos, se reproducen de generación en generación debido a la herencia de los modelos educativos de antaño como el autoritario. Así, muchos padres que vienen de una crianza con gritos los han normalizado y cuando la emoción es fuerte, los gritos son difíciles controlar. Sin embargo, se puede cambiar para educar mejor a nuestros hijos. Como reconoce Laura Monge, “efectivamente, las emociones fuertes a veces son difíciles de controlar. Sin embargo, es importante aprender a manejarlas. Solo de esta manera, ellos podrán comprobar de primera mano que las emociones intensas, también se pueden gestionar de manera adecuada”.

No obstante, para cambiar una situación de gritos en la familia, necesitamos la implicación de todos. No son solo los padres los que deben realizar el esfuerzo, los niños también deben poner de su parte. Para conseguirlo, Laura Monge manifiesta que “lo mejor es conocerse un poco mejor y saber que esas emociones son pasajeras. Ante un estímulo externo que nos hace llenarnos de ira, se libera al torrente sanguíneo una serie de sustancias que dan la respuesta física: nos ponemos rojos, se nos hincha la vena, nos acaloramos… Sin embargo, estas sustancias apenas duran unos segundos. ¿Cuál es el problema? El problema está en que muchas veces retroalimentamos la amígdala con estímulos internos o externos, volviendo a liberar dichas sustancias y quedándonos atrapados en esa emoción fuerte que estamos viviendo”. Conviene, en estos casos, tomarse unos minutos para apaciguarse y retomar el conflicto después, gestionándolo tal y como realmente queremos.

 

Háblame bajito

Algunas madres dicen que el mejor truco para dejar de gritar es hablar bajito y mirar directamente a los ojos del niño, pero realmente ¿funciona? “Muchas veces hablando bajito podemos llamar la atención de nuestro hijo, lo cual es muy interesante. Por otro lado, agacharse para establecer un contacto visual con los niños, es fundamental. Por eso, diría que sí, que funciona hablar bajito mirando a los ojos”, asegura Laura Monge.

No obstante, añade que “hay que evitar el ‘grito silencioso’. Ese ‘grito’ que decimos muy muy bajito, pero con un tono espeluznante… Un ‘grito silencioso’ es el que viene acompañado de un rostro rojo y unos ojos que se salen de sus órbitas para mirar fijamente al niño y decir algo tipo… ‘Como no te comas las lentejas, se enteran hasta las almejas’. Bien, esta forma de hablar bajito y mirando a los ojos, ¡NO!”.

 

Educar en la responsabilidad para evitar acabar gritando

Hacer a los niños responsables desde pequeños puede evitar muchos conflictos familiares en cada una de las etapas del crecimiento. “Nuestros niños tienen que saber que son responsables de sus actos y que estos, muchas veces, vienen acompañados de consecuencias. Por eso, si pierden el jersey en el colegio, no debemos cargar nosotros con su responsabilidad, solucionando el problema. Son ellos quienes tienen que asumir su responsabilidad y los que tendrán que buscarlo al día siguiente. Y esto para todo; si se dejan el libro en el colegio, al día siguiente harán un examen peor de lo esperado; si tardan en levantarse, es posible que se preparen para ir al colegio demasiado deprisa y acaben olvidando el almuerzo o la mochila de deporte; si trata mal a un hermano, quizás este no quiera dejarle uno de sus juguetes…”.

El problema de todo esto es cuando los padres se adelantan solucionando todos estos pequeños conflictos. De esta forma nos convertimos en hiperpadres, en sobreprotectores, “pidiendo las hojas por WhatsApp, llevando el bocadillo al cole para que no pase hambre o pidiendo al hermano que comparta aquel juguete… desaprovechando así grandes oportunidades que permiten a nuestros hijos aprender y seguir creciendo”, advierte Laura Monge.

 

Cómo educar sin gritos

La realidad es que tenemos que repetir las cosas muchas veces a los niños para que nos hagan caso y al final, frustrados, acabamos levantando la voz. Para que nuestros hijos nos hagan caso a la primera, Laura Monge recomienda “enseñar a nuestros niños a ser más autónomos, no a hacer las cosas cuando se las decimos una y otra vez. Para ello, es importante explicar a nuestros hijos lo que esperamos de ellos con antelación. De este modo, podemos enseñar la rutina de lo que tienen que hacer todas las tardes sin necesidad de que nadie les diga nada, así como explicarles la importancia de colaborar en casa, de respetar a los demás...”.

Para enseñar estas cosas funcionan muy bien los planes de acción. “No estoy hablando de planes de recompensa, –añade–. En los niños, el cerebro está sin desarrollar y este no terminará de desarrollarse hasta pasados los 20 años. Precisamente es la función ejecutiva, aquella que les va a permitir planificarse, organizarse e inhibir algunos comportamientos, una de las últimas en alcanzar su maduración. Es por esto, por lo que los planes escritos, visuales y manipulativos son tan buenos, porque apoyándonos en ellos, creamos oportunidades para que nuestros niños vayan desarrollando esta función tan interesante y necesaria”, afirma esta experta.

Conocernos un poco más a nosotros mismos, establecer normas y límites, y buscar alternativas a los gritos son las pautas fundamentales que pueden ayudar a los padres a dejar de gritar por estrés. Y es que probablemente un padre que grita, tenga bastante carga laboral y familiar y pocos recursos alternativos, y muchas veces, ese grito acaba siendo una forma de desahogo.

Pero no siempre es eso. Los gritos, hasta hace bien poco, han sido el camino que se ha seguido para resolver muchos de los conflictos dentro de los hogares. Quizás muchas veces se grite simplemente porque fue así como nos educaron a nosotros, los padres, pero la verdadera razón quizás sea que no hayamos averiguado todavía que educar sin gritos es posible y que merece la pena intentarlo.